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Entrevista a
Oribe Irigoyen (I)
“Para mí, yo soy, salvo excepciones, un cronista de
cine. Y un buen periodista en todo lo otro, es
decir: armado, diagramado, redactar información.
El oficio lo domino perfectamente”.
Oribe Irigoyen acaba de
cumplir 80 años de edad. Desde los 25 años hace
comentarios o críticas de cine. 20 mil películas han
pasado por sus retinas. Estuvo a punto de de
instalarse en Hollywood. Al frustrarse esa
posibilidad, filmó la película en Montevideo: una
historia de amor en blanco y negro. Fue un
librepensador que pasó por el Partido Comunista de
Uruguay, desde donde combatió a la dictadura, dentro
y fuera del país. Regreso a su país y a la pasión
del cine.
-¿Sos
montevideano?
-No,
canario, es decir de Canelones, Míguez, 10ª Sección
del Departamento. Nacido el 12 de julio de 1927.
-Sos
un emigrado entonces...
-Emigrado.
-Y
eso ¿por qué? ¿Porque no había posibilidades para lo
que tú querías?
-No,
simplemente la familia, el viejo me trajo a
Montevideo siendo yo muy niño. Él trabajaba en
Míguez, después pasamos a los 5 años a vivir en
Pando. Y en 1934 nos trasladamos a Montevideo.
-¿Y
recordás eso como bueno o como traumático?
-No, no, maravilloso.Tuve
una infancia normal. Con recuerdos muy lindos y
fabulosos, de andar en bicicleta muy chico, montado
en el manillar, conducido por otros. Y yo
deslumbrado por la lucecita del señalero delantero.
Ese tipo de cosas, grandes imágenes. Un viaje de
Pando a la Floresta una noche de verano en un Ford a
bigotes descapotado.Tenía
un padrino que era dueño de un matadero, que me
regaló un pony que quedó por ahí, no sé... Todos
esos son recuerdos muy lindos.
-Y
volvías de todas maneras a Canelones cada tanto...
-No.
Prácticamente he retornado dos o tres veces en 70
años.
-¿Cómo era Montevideo en aquel momento?
-Era
algo extraño. Era una ciudad que para mi visión se
reducía a tres o cuatro cuadras del barrio Goes.
-Había de todo allí.
-Había
de todo. Esos son los recuerdos que tengo. Y las
mejores imágenes son las del carnaval: las volantas,
automóviles abiertos con mascaritas y esas cosas, y
los corsos de Gral. Flores.
-Los
bailes del Vaccaro...
-Los
bailes del Vaccaro, no. Yo de bailes, nada. En toda
mi vida, he ido sí a bailes, y entonces me he parado
como un estúpido mirando cómo bailaban los otros.
-Pero
era un barrio de cine, también, ¿no?
-El cine
no lo recuerdo de ese barrio. Asistí al cine,
probablemente en el 36, 37, en el barrio que está en
los límites de la Aguada y el Cordón, a la altura de
Miguelete y la entonces calle Sierra. Había dos
cines: el Rose Marie y el American. Ahí empecé a ir
al cine, que fue una pasión absolutamente increíble
para mí porque incluso hizo que yo dejara de
estudiar por ir al cine.
-
¿Qué es lo que te encantó del cine?
Su capacidad de ensoñación, de
vivir muchas vidas y aventuras fantásticas, la magia
de la pantalla como si soñara, el soñar despierto es
una veta muy importante en mí, podes vivir distintos
personajes, ser guerrero o aviador, escribir o hacer
películas, enamorar mujeres hermosas. He hecho
centenares de películas con la imaginación durante
toda mi vida y enseguida me he olvidado de ellas.
-Entonces esos fueron los primeros pasos. ¿Y la
escuela allí?
-La
escuela era la de la calle Lima y Piedra Alta. Tengo
grandes recuerdos de la escuela con una estupenda
directora que se llamaba Rogelia Alvariza. Y grandes
recuerdos de los juegos y las bromas estúpidas de la
época, cuando descubrimos siendo niños que los
prostíbulos tenían luz colorada. Entonces era una
farra para nosotros gritar ¡luces coloradas!
-Eran
prostíbulos que estaban cercanos al barrio,
generalmente.
-Había
uno en La Paz y Sierra, a mitad de cuadra. Nos
llamaban mucho la atención esas casas tan extrañas
con las luces rojas.
-
¿Fuiste al prostíbulo?
-
Algunas
veces pero mi primer experiencia en la materia no
ocurrió entre cortinas coloradas, fue con una señora
mayor amiga de la casa, preciosa ella, a cuyo
domicilio yo iba haciendo mandados. Todavía recuerdo
su voz insinuante: “Veni no seas bobito”. Antes que
llegue la censura periodística.
-Y la
gente se comunicaba mucho entre sí.
-Sí, sí.
La vida de barrio era de una intensidad que hoy no
tiene, por lo menos donde yo vivo.
-De
allí pasaste al liceo...
-Sí, al famoso IAVA, el Vázquez Acevedo. Ahí hice
prácticamente liceo y preparatorios.
Mi historia de
estudiante ocurre en zona de 18 de julio y Eduardo
Acevedo, con las incidencias tradicionales del caso,
hacerse la “rabona” en el Parque Rodó cercano y
manifestar por 18 de julio como correspondía a todo
buen estudiante. Comenzando en tiempos de la 20
Guerra Mundial con marchas y gritería contra el
diario pronazi “Libertad”, que estaba frente a la
explanada Municipal. Después siguió con
manifestaciones de diverso contenido protestatario
o festejos, como el día de la liberación de Paris o
los disturbios frente al diario “El Día” por el
asunto de la no puesta de la bandera de la URSS en
el frente del edificio.
-Y el
cine te arrastró.
-El cine
me arrastró desde siempre. Era un deslumbramiento
ilusorio, digamos. Y que a mí me gustaba mucho por
la capacidad de fantasía y de sueño que tenía el
cine. Siempre me atrajo esa cosa tan extraña que es
la oscuridad. La oscuridad solitaria pero
acompañada, no sé si me expreso.
Una
especie de ritual que hoy, en las condiciones en que
está el cine, extraño mucho; esa cosa de multitudes
en silencio relativo asistiendo a un espectáculo.
-Y
era un Montevideo aquel, lleno de cines, que además
fue creciendo en los años siguientes.
-Hasta
llegar al 53 que es el punto máximo, tanto sea de
existencia de cines -había unos 120 en Montevideo-
como de asistencia de público. Se vendían 22
millones de entradas en un año, lo cual equivalía a
siete u ocho veces cada supuesto habitante del
Uruguay concurriendo al cine.
Por entonces yo iba al cine todos
los días. Había muchas salas de barrio que daban
tres o cuatro películas en matinée. Leía las
carteleras y allá iba a pie a distintas salas de
barrio de todo Montevideo. No iba a las salas de
estreno, por razones económicas. Hacia todo tipo de
“changas” o trabajos zafrales para poder ir al
cine. Recuerdo un día que leyendo la cartelera en el
diario, comprobé que ya había visto todas las
películas que daban en matinée en todo Montevideo.
-Tú
dejaste el liceo y te fuiste acercando a ese mundo
del cine en el Uruguay.
-Yo pasé
por estudios de Ingeniería porque tenía una relativa
facilidad para las matemáticas y el dibujo. Sólo que
el dibujo mío me hizo perder el entusiasmo por la
carrera porque era un dibujo demasiado romántico, no
tenía nada que ver con trazar diagramas de máquinas
que funcionan, llaves de paso y todo eso.
-Un
dibujo lógico.
-Era un
dibujo lógico y había que ser muy pulcro. Yo -en el
dibujo- era absolutamente desprolijo. Entonces paso
a Abogacía, suponiendo que lo opuesto era mejor.
Hice preparatorios de abogacía y después entré en la
Facultad. Resulta que un día tenía que dar un examen
de Derecho Procesal. Estaba mal preparado, no me
entusiasmaba la carrera. En lugar de ir a dar el
examen, me fui al cine, y nunca más volví a la
Facultad.
-Eso
te llevó a la profesión, propiamente...
-Uh, eso
fue muy largo. Yo quería hacer cine. Cuando tenía
aproximadamente 19 años, había una familia austríaca
en el barrio de Sierra y Miguelete. El jefe de
familia era amigo de un gran director de cine que
estaba en Hollywood, y se llamaba Ermst Lubitsch. Y
me dijo que si me gustaba tanto el cine, como era
muy amigo de Lubitsch me daba una carta de
recomendación, que me fuera a Hollywood a abrirme
camino. Esa era una fantasía de ciencia ficción. En
el Uruguay viajar hacia el exterior, a Estados
Unidos o Europa era una aventura de ciencia ficción.
Entonces, justo cuando estaba en eso, se muere
Ludwich.
Pero el
bichito siguió. Haciendo changas y trabajos
diversos, aparece el neorrealismo italiano con todo
ese empuje de cine de historias reales y una cosa
muy importante: la existencia de una escuela en
Cinecittà. Yo ya era habitué de los cafés, como era
frecuente, uno de ellos el Sorocabana. Estando en
una barra del Sorocabana resolví presentarme a un
concurso de preguntas y respuestas para ganarme
algún dinero en épocas en que el peso uruguayo era
muy fuerte, y poder financiarme una estadía en
Italia para ingresar a la escuela de cine. Perdí.
Era un programa de preguntas y respuestas, "Martini
pregunta". Había ganado recientemente uno el premio
mayor que eran $20.000. Y yo dije, "si salió uno,
mejor retirarnos por la mitad". Calculé cuánto
dinero necesitaba para estar un año en Italia. Eran
$5.000 y llegaba bien. Entonces me retiraba a los
$5.000. Perdí a los $5000.
Como yo
era muy extraño, muy tímido y cuando aparecía en
público salía con exabruptos, en el sentido de una
fuerza interior para vencer la timidez, resulté un
tipo que se ganaba la simpatía del público Entonces
el público protestó cuando yo perdí porque
supusieron que me habían hecho una trampa. Lo cual
no era verdad, si bien eran muy ambiguas y varias
las preguntas que me hicieron, yo perdí, y chau.
Pero me quedé sin ir a Europa.
Ahora
bien, como el diario El Plata hacía propaganda de
Martini, salí como Oribe Irigoyen el simpático
interviniente de las preguntas.
Fue
entonces que un amigo de la barra del Sorocabana,
sabía que el diario El Popular necesitaba un
crítico. El diario El Popular, en el año 57 y en el
58, probó tres o cuatro críticos, y todos se fueron.
Entonces me dijeron que yo, que sabía tanto de cine
norteamericano, fuera a escribir. Para mí era una
aventura, ni se me pasaba por la cabeza escribir...
-Tú
estabas pensando en hacer cine...
-Sí, sí.
Entonces dije que no. Pero ese amigo y una chica que
salía conmigo insistieron en que fuera por lo menos
a "decir que no". Y fui "a decir que no". Quedé
entrampado.
-Te
convencieron...
-Me
convencieron de una manera bastante seductora.
Porque yo en esa época era anarcosindicalista. Les
dije que era imposible que yo, siendo anarco fuera a
escribir en un diario comunista. Pero no había
ningún problema. Yo fui tirando reservas y fueron
aceptadas todas. Finalmente empecé a escribir.
A los
siete u ocho meses estaba dispuesto a irme. Porque
claro, El Popular, en sus páginas decide. El Popular
era un diario oficial del Partido Comunista; todo lo
que era opinión significaba una apuesta oficial,
comprometida, del partido. Por lo tanto, todo lo que
fuera "juicio" era sometido a censura lisa y
llanamente. Los tres o cuatro críticos anteriores no
toleraban eso porque era muy duro. Era muy duro
porque cada comunista del diario El Popular era
crítico de arte. Todos opinaban, y lo hacían con
pasión.
-Opinaban sobre todo, no sólo sobre arte.
-En lo
que a mí respecta era el arte, era el cine. La
famosa historia de la forma y el contenido. Todo el
mundo era "contenidista" y la forma era una caspa,
algo superfluo que adornaba si vos decías algo a
favor de los hombres o en contra de los hombres. Yo
empecé en octubre del 57 y en mayo del 58 estaba
dispuesto a irme porque era irrespirable. Además yo
perdía un tiempo enorme discutiendo con cada uno de
los que venían a decirme "esta película es
burguesa"... ese tipo de cosas.
Yo había
leído Quo Vadis del polaco henryk Sienkieviez, y en
Quo Vadis había un personaje que a mí me atraía
mucho, se llamaba Petronio, el árbitro de la
elegancia. Era un individuo que había establecido en
su relación con Nerón, que era el César sangriento,
una suerte de juego de concesiones y avances. Adula,
para después conseguir las cosas. A mí se me ocurrió
hacer eso. Es decir: hacer concesiones en las cosas
no importantes y tratar de avanzar...
-...diciendo las cosas que te interesaban.
-Exactamente. Eso fue lo que hice. Escribir en El
Popular haciendo crítica era muy difícil, por eso
que ya dije pero también porque se trataba de alguna
manera de establecer un criterio de verdad.
Subjetiva, desde luego, porque toda opinión es
siempre subjetiva, pero con tendencia a una cosa
objetiva. A mí me llevó siete años poder decir que
Bergman era un maestro. Siete años de discusiones.
Poder decir que la "nouvelle vague" era una
corriente del cine importante, que renovaba. Poder
decir que Visconti era un maestro a pesar de que era
homosexual. Toda esa pacatería comunista que existía
se fue transformando. No fui yo solo. Para empezar,
el Partido tenía al frente a un hombre culto,
esencial, a los efectos sobre todo en mi campo. Fue
entonces muy difícil en El Popular, pero no lo fue
en el Partido.
-
¿Quién era el hombre culto?
Rodney Arismendi, una persona muy
culta que como primer secretario removió al Partido
Comunista, no sólo en materia de estética, sino en
lo más importante, en el arte de hacer política, en
introducir profundamente al Partido en el seno de la
sociedad, amplificando su propuesta política,
dándole una gran amplitud y atractivo en la clase
obrera; en los distintos sectores sociales,
incluyendo a los intelectuales.
-Había un debate sobre esas cosas...
-Había
un debate en el que se avanzaba no sólo en el
fenómeno estético, desde luego, sino en todo el
conjunto de la política del Partido. Y yo en mi
pequeño ámbito de lucha me moví en esa cosa de poder
decir que un creador burgués con idea burguesa,
puede ser un individuo que ponga al hombre, al
espectador, al observador, al que lo lee o al que lo
ve, en situación de percibir que dice algo sobre la
realidad, sobre la condición humana, sobre pasiones,
sentimientos, ideas.
-Ahí
empieza tu profesión.
-No,
empieza antes. Porque yo en realidad tenía muy buen
concepto entre la gente que dirigía el diario por
ser un tipo muy trabajador. Era una persona que
resolvía muchísimas cosas: en una página, y en un
suplemento más. Como era eficiente y además
trabajaba como loco, tenía encontronazos, siempre
los tuve hasta el final, pero eran encontronazos con
un tipo que por lo menos, no convenía perder.
Llega un
momento en que después de esa lucha, en el 65 yo me
convierto en una especie de vaca sagrada en el
diario. Había hecho una película que sacó un segundo
premio en el Festival de Cine Nacional, era
Presidente de la Asociación de Críticos y el Partido
nunca fue bobo. Podrá tener graves defectos, pero
bobera no. Ahí quedó. Ya empecé a poder escribir
relativamente o casi absolutamente lo que yo pensaba
sobre un espectáculo cinematográfico.
-Ahí,
de alguna manera, va naciendo tu profesión.
-Sí.
-Tu
profesión ¿es periodismo de cine o crítico de cine?
¿Hay diferencias?...
-Para
mí, yo soy, salvo excepciones, un cronista de cine.
Y un buen periodista en todo lo otro, es decir:
armado, diagramado, redactar información. El oficio
lo domino perfectamente.
-¿Por
qué decís que sos cronista? Porque parecería, por lo
menos hoy, que cronista es más diminutivo que ser un
crítico, un analista.
-Desde
luego, es más diminutivo. Pero la verdad sea dicha,
hay un fenómeno para el análisis de una película en
una prensa diaria. Las exigencias del tiempo y del
espacio -del espacio de la página y del tiempo para
redactar una nota- no te permiten un análisis
profundo. Por eso yo hablo de cronista. En algún
aspecto, en algún artículo para algún suplemento, sí
hay un análisis, un estudio de un determinado hecho
cinematográfico que implica la crítica, realizar un
esfuerzo intelectual de mayor refinación para
expresar un concepto acerca de una carrera, de una
obra, de un artista, etc.
-A
esta altura de tu vida, ¿tenés idea de cuántas
películas has visto?
-No
quiero ser exagerado. Pero debo haber visto más de
20.000 películas.
-¿Y
has escrito 20.000 notas sobre lo mismo?
-No, de
ninguna manera. Yo debo haber hecho, digamos,
durante 17 años unas 200 notas por año.
-Para
los que no conocen el oficio, ¿cómo se hace eso? Se
mira una película...
-Se mira
una película pero también es aconsejable tener una
cierta cultura general, es decir lectura, escuchar
música. Porque el cine es un fenómeno artístico
complejo que tiene elementos de distintas áreas del
arte. El diálogo, el argumento, el tipo narrativo,
la banda de sonido, hacen que convenga tener por lo
menos cierto oído con la música, porque en el cine
incluso la música es un elemento importante. A
veces, no siempre. Normalmente es una especie de
apoyatura para cubrir silencios, pero hay películas
donde el elemento musical es decisivo.
-Y
después de mirar hay que sentarse, y escribir.
-Y es
aconsejable leer buenos periodistas, buenos críticos
y buenos teóricos.
-Antes de sentarse a escribir sobre las películas...
-No,
antes no.
-Tú
decís como parte de la formación.
-Sí,
como parte de la formación. A veces sí. Aparece una
película como la que causó un escándalo en
Montevideo, "Las amigas" de Antonioni, que es un
tipo que limpia el lenguaje cinematográfico de una
manera tal que desconcierta al espectador por el
manejo de los tiempos, de los encuadres y de la
narración. Ahí es bueno sentarse a pensar: éste es
un tipo que aburre o es un tipo que está tocando
zonas del ser humano que son particularmente
delicadas y difíciles de expresar.
-Sigamos un poco con la narración de cómo llegaste a
esta etapa de tu vida. Tú dijiste que habías hecho
una película, o sea que hacer cine no quedó
enterrado...
-No, no
quedó enterrado, no lo pude desarrollar. Pero en
realidad yo hice una película ¿sabés por qué? Porque
me encontré con un critico de teatro que me dijo:
"Para ustedes es fácil, escribir y criticar, porque
el que recibe la crítica está allá lejos. Si tenés
que escribir sobre teatro acá es difícil no ganarse
la antipatía, los problemas con la gente criticada".
Entonces yo dije: tiene razón. Resolví hacer una
película para saber qué es hacer cine. Qué problemas
hay de carácter técnico, creativo, expositivo. Hice
un cortometraje y saqué un segundo premio en el
Festival...
-¿Sobre qué tema?
-Como yo
era del Partido Comunista, crítico de El Popular, me
fui a las antípodas. Resolví hacer una historia que
no hiciera denuncia social, que no hiciera nada de
lo que es característico de los comunistas según la
opinión más o menos general. Resolví relatar una
historia de amor en 20 minutos. Con un concepto que
yo supuse, en esa época, que era marxista. Sí, por
supuesto, eso está metido siempre. Entonces era una
historia de cómo, en mi concepto, el hombre y la
mujer se encuentran o no se encuentran. Se
encuentran y en la medida que se encuentran puede
nacer una experiencia amorosa. Entonces hice una
película sobre eso. Cómo en la pequeña Montevideo,
una mujer que era Alba Medina y un hombre que era
Iván Kmaid empezaban a cruzarse, encontrarse,
saludarse, y entonces terminan en un café donde
puede o no nacer una relación amorosa.
-Pero
fue exitosa entonces, si sacaste un segundo
premio...
-Sí, sí.
Fue...
-No
quedaste conforme...
-No, al
contrario. Por esa película yo me creí un genio.
¿Por qué? Primero, era en el año 65. Aparece la "nouvelle
vague" que tenía además de su concepción algunas
ventajas de orden técnico: el uso de cámaras
manuables; la aparición en ese tiempo, a los efectos
de los 16mm que fue el formato en que yo filmé, de
una película blanco y negro, de gran sensibilidad,
que se llamaba Triple X. Y además la nouvelle vague
utilizaba un elemento que a mí me venía muy bien, y
era la improvisación: en lugar de escribir un guión
completo con sus desgloses técnicos, imaginaba una
escena y dejaba que se desarrollara. Eso hizo que yo
saliera por una calle a filmar con esta pareja
imaginando escenas sueltas para resolver. Y además,
haciéndolo todo yo. Es decir, dado que yo quería
saber cómo hacer cine, yo mismo manejaba la cámara,
fotografiaba. Yo nunca había fotografiado en mi
vida. Esa película se llamaba “El encuentro”.
-O
sea que ibas aprendiendo todo.
-Sí,
empecé a filmar y resultó no sé si por don natural o
elevada fortuna que me salían muy buenas las
imágenes, sobre todo el manejo de esa Triple X. Yo
sabía, porque me lo habían dicho algunos
realizadores, que el Uruguay tiene una hermosísima
luz, una luz que produce una gran fotogenia en la
gente. Eso dicen y yo creo que es verdad. Entonces,
yo pensé: lo mejor es filmar -porque había observado
eso- los días nublados claros. Porque el modelado de
los objetos y de la gente es más uniforme, muy
fluido. Hice la película en días nublados. Y salió
una fotografía que aun hoy, yo la veo y digo ¡la
pucha! De tal manera que luego inicié una colecta
popular para hacer otra película, porque lo
increíble es que “El encanto” fue filmada por mí
financiada por mi sueldo de El Popular que era muy,
muy bajo. Entonces qué pasa: pocas tomas, repetidas
-hay que tener un gran cerebro para eso-, muy buena
fotografía y esto es sí supuestamente de verdad, una
narración más o menos coheremte. Mentira, no era
coherente, estaba salvada por la banda de sonido,
que en aquella época era muy difícil hacer banda de
sonido, los actores no hablan, aparecen en voces en
off sus reflexiones sobre el amor. Entonces era
fácil: escribir y después grabar con las voces de
ellos dos, lo que decían. Bueno, era el inicio de un
proyecto de la segunda película que se llamaba "Chau
Uruguay" que era el momento en que la gente empezaba
a irse por la crisis del 66, el otro Uruguay que
termina en lo que es hoy. Pero por circunstancias X
no hubo forma de concretarla, y ahí quedó la parte
mía de realización.
-Me
imagino que fuiste alguien que se autoconstruyó,
porque este relato empieza con que tú tenías ganas
de ir a una escuela y ahora ya estamos en que
hiciste una película sin pasar por esa escuela. Eso
quiere decir que tú te autoconstruiste mucho. Eso
son horas de estudio, de lectura por lo menos.
-Bueno,
vamos a entendernos. Son miles de horas de cine,
porque para mí, uno de los elementos esenciales para
el aprendizaje es ver cine, bueno, malo, genial.
Ver, ver, ver. Ver cómo está hecho. Y después
desmenuzar cómo hizo para expresar que el tipo está
triste: lo hizo sólo el actor con su cara, lo hizo
mostrando un ámbito lúgubre, etc. Después, la
cultura. La cultura es esencial. Yo creo que la
cultura es lo más importante que tiene el hombre,
aparte del estómago.
-¿Había en general, en el Uruguay, un clima pro
cine?
-No,
nunca lo hubo. En realidad, es maravilloso el empuje
que ha tenido la gente nueva, los jóvenes, en este
desarrollo actual del cine uruguayo, que está
favorecido, por los elementos técnicos, desde luego,
la aparición del vídeo que abarata mucho los costos.
El cine es un arte muy caro, para el Uruguay es muy
caro; tanto es así que una película uruguaya que
llevó el mayor número de espectadores en Uruguay,
que le ganó a los grandes espectáculos de Hollywood,
"En la puta vida", de Beatriz Flores Silva, no
rescata ni por asomo lo que son los costos de una
película.
Porque a
pesar de que en Uruguay en aquella época -año 53-
fuera 10 veces al año cada habitante, no hacía
posible financiar una película con el mercado
interno. El cine se basa en el mercado interno para
rescatar los costos. Y después vienen las ganancias
por todas partes del mundo. Pero esencialmente, hay
que tener un mercado de muchos millones de
habitantes para desarrollar una industria del cine.
Hoy el Uruguay puede hacer cine, pero eso se debe al
talento, a la sagacidad y a la capacidad de
relacionamiento que tienen los creadores uruguayos,
para conseguir interesar a productores del exterior.
-Pero
yo decía que había un Uruguay pro cine porque había
tantas salas y la gente iba al cine. Había un clima,
por lo menos de espectador.
-Sí, eso
es verdad. Era un espectáculo popular por excelencia
del Uruguay. Eso ni que hablar, en los años 50, 60.
-Pero
no en la construcción de cine...
-No en
la construcción de cine sino como espectáculo.
Después viene la televisión y es el drama del cine
como espectáculo en una sala.
-La
prensa jugaba en eso de crear un estado de ánimo por
lo menos para ir a las salas.
-No
tanto para eso, sino que lo que hizo la crítica fue
crear una corriente de público interesado por el
"buen cine". En eso sí, llegó a tener una gran
influencia por supuesto, nunca llegó al ámbito
masivo de la gente para hacer gustar del buen cine
sino que creó una corriente de espectadores, que
después la sigue Cinemateca, que es la que crea,
digamos ...
...
institucionaliza eso.
-Eso
ocurrió. Y en aquella época, hasta los años 70, la
crítica uruguaya tiene un gran prestigio en
determinados sectores minoritarios. Porque era capaz
de analizar con convicción y elocuencia, por qué
había que ir a ver a Bergman, había que ir a ver a
Fellini.
-Coincide esto con que el cine europeo, no sólo el
norteamericano, se veía en cantidad.
-Ah, sí,
claro. Antes que se procesara la hegemonía de
Hollywood, que era avasalladora, había en el Uruguay
corrientes de gente que todavía tiene algunas
resonancias, en que el simple hecho de venir una
película de Francia o de Italia, determinaba que
cierta cantidad de gente fuera a verla. Eso lo había
provocado en parte la crítica, pero no era sólo la
crítica, sino que era un cine que tenía un sello
personal que era completamente distinto al de
Hollywood. Eso ha desaparecido, pero en aquella
época yo me acuerdo que una película X, importante,
de un gran realizador, provocaba notas previas,
donde se analizaba la historia del realizador, su
universo expresivo, etc.; varias notas previas antes
de la crítica, grandes espacios de las páginas de
los diarios. Todo eso desapareció, en parte por el
movimiento del mundo pero también por la presencia
de la televisión.
-Pero también porque el cine
norteamericano ahora es mejor distribuido que el
europeo.
-El cine
norteamericano siempre fue muy bien distribuido.
-Pero
en aquella época parecía que llegaba más cine
europeo.
-Llegaba
más pero siempre el dominio era de Hollywood. Es
decir, digamos que en aquella época eran el 60% de
las películas estrenadas en Uruguay; hoy son el 80 o
el 90%. Entonces las películas europeas tenían más
peso por su calidad, por su sello personal, su
identidad. Que eso lo han perdido, a mi modo de ver,
porque los europeos siguen a la cola de Hollywood.
Imitan a Hollywood, pierden su sello personal.
-Su
diferencial...
-Es la
globalización.
-Pero
¿qué eran en realidad Bergman, Fellini, Pasolini,
toda esa generación de los años 60, 70? ¿Eran
genios?
-Eran
grandes maestros. Hoy hay grandes maestros, pero no
tienen la capacidad o la posibilidad de acceder al
gran público. A Fellini no le daban la espalda. A
Antonioni, a veces la gente se aburría y se iba o no
iba a verlo. Pero eran grandes personalidades que
hoy el cine por lo menos tiene muy pocos.
-¿Y
había algo en el contenido de esos realizadores que
diferenciaba ese cine del norteamericano?
-Sí,
desde luego. Pero vamos a entendernos, tenemos que
tener cuidado, en su historia, el cine
norteamericano es esencialmente un cine popular. El
cine europeo, o el cine asiático, digamos Kurosawa,
no es un cine orientado esencialmente al gran
público. El gran público se debe entender como una
masa de gente de distintas edades, de diferentes
niveles de cultura, masa amorfa si se quiere, pero
humana, es decir, un cine que intenta atrapar a
todos los espectadores hasta que aparece la
televisión y hoy se dedica a atrapar a la juventud
que en Estados Unidos va al cine. Hay todo un
complejísimo cambio de reacción de la gente frente
al espectáculo cinematográfico. El espectáculo
cinematográfico hoy día en las salas no es esencial
ni para Hollywood ni para nadie. Lo esencial es
vender películas y para eso dispone hoy de las salas
de cine, de los videos, de los DVD, de la TV, de la
computadora. Entonces eso ha transformado todo.
Antes para ver cine había que ir a la sala, hoy se
puede ver en la casa, haciendo todas las
interrupciones para beber agua, etc.
-Entonces, no es popular por el contenido sino por
el soporte.
-El soporte es fundamental. Además hoy hay -yo uso
un término que está mal usado pero a mí me gusta-
que una "cosificación" del cine. Ya no es un medio
por el cual se expresan ideas
y emociones, sino
que por influencia de la televisión, la gran
trivalizadora de todos los hechos humanos, el cine
fue perdiendo cada vez más ideas, contenidos
humanos, emoción humanizadota, para optar por la
espectacularidad vistosa y exterior, los afectos
especiales o digitales, donde las ideas no existen
y las emociones son ….. Sólo se busca la secreción
abundante de adrenalina en el espectador. Muy
fuerte! En el mal sentido.
-Es
una impronta de un mensaje distinto de aquel de los
años 60 y 70.
-Es
absolutamente distinto.
-En
Montevideo, de esos realizadores (Bergman, Fellini,
Pasolini, etc) ¿cuál era el más visto, más aceptado?
¿Se daban en todas las salas sus películas?
-No, no.
Era una mezcla. Para dar un ejemplo, que no es
decisivo pero es orientador, "Los compañeros", hecha
por Monicelli, es una película que va a todos los
cines y es un éxito, y es una gran película. Todo
eso junto porque es una película que muestra cómo
las idas socialistas se van insertando en la clase
obrera. Ese hecho a través de una comedia dramática,
hecho como filme de época y con actores como
Mastroianni, provoca en la gente una identificación
y un placer de verlo. Entonces, "Los compañeros" es
un gran éxito. Bergman, con "El Silencio" con sus
escenas más o menos escabrosas de sexo, también fue
un éxito. Pero algunas de las películas de esos
realizadores o de otros no tienen tanta aceptación.
-O
sea, más que los realizadores, eran los temas.
-Temas y
realizadores. Porque Fellini tiene una determinada
cantidad de público, sobre todo la famosísima "La
dolce vita", donde se juntan una serie de elementos,
como el tema, la realización, el juego fantasioso,
que provocan el gusto, la asistencia y el
reconocimiento del público. No así su mejor
película. Para mí, su mejor película es "Ocho y
medio" que es una reflexión muy personal acerca del
acto de creación y todos los problemas que tiene.
Esa película ni aquí ni en ninguna parte ha tenido
un éxito masivo. Pero Fellini pudo llegar al éxito
masivo. Visconti puede llegar al éxito masivo como
en "El gatopardo", que es una película muy especial
dentro de la filmografía de Visconti que consiste en
tener un despliegue plástico maravilloso con grandes
actores de taquilla como Burt Lancaster y Alain
Delon. Se juntan elementos. No olvidemos que aun hoy
a pesar de que está todo trastornado, el sistema de
estrellas, la identificación del espectador con un
héroe o con una heroína sigue funcionando.
-¿Ese
fue invento del cine en conjunto...?
-Ese fue
un invento de Louis un emigrante europeo de
Hollywood, la creación de seres que provocan la
identificación y proyección del espectador.
-A mí
siempre me ha llamado la atención que sobre Chaplin
hablan primero de Chaplin y después de su película.
-Porque
Chaplin es primero Chaplin y luego su película. Es
un creador genial muy particular. Chaplin, cuando
abandona el hombrecillo con el bigote, el bastón y
la galera, empieza a perder la identificación con el
espectador. Creó un personaje absolutamente
comunicable con todo el mundo, en todas las culturas
y en todos los lenguajes, en el cine mudo, que tenía
esas ventajas. Cuando abandona el personaje en
"Monsieur Verdoux" o las que vienen después de "Un
rey en Nueva York", "La condesa de Hong Kong",
pierde el hombrecillo más o menos pícaro, más o
menos vulnerable, que era el que se identificaba con
todo el mundo.
Chaplin
más que un creador cinematográfico es un gran
creador humano, en el sentido de que sus películas
son generalmente exposiciones teatrales; hace cosas
en un escenario sin necesidad de tener que apelar al
estricto lenguaje cinematográfico. Esto no quiere
decir que Chaplin no tuviera un lenguaje
cinematográfico, sino que la impronta es
esencialmente teatral, o mímica.
-Lo
maravilloso es que logra un lenguaje universal.
-Exactamente. En ese sentido aventaja a casi todos.
Cualquiera que vea a Chaplin con sus bigotes sabe
quién es, probablemente en el mundo entero .
-Dicen que hay tres figuras que son reconocidas en
cualquier punto de la Tierra: Chaplin, Einstein y
Jesús.
-Es
posible que sí. Chaplin es evidente.
-Se habla mucho de que los
intelectuales de los años 60 y 70 discutían entre
sí.
¿En el caso del cine eso se daba?
-Sí,
sí...
-¿Había tertulias de cine?
-No
tanto tertulias, pero sí debates de gente que gusta
del cine que después se concretan en cosas sociales,
como puede ser la gente que creó Cine Club, que
empezaron reuniéndose para hablar de sus aficiones.
La gente que creó Cine Universitario. Eso ocurría,
pero también entre los críticos, donde no había
asamblea de críticos, pero sí había gente que se
reunía en los cafés. A veces en reuniones formales,
pero sobre todo en los cafés, donde se
intercambiaban opiniones como "no me gusta el cine
japonés, es muy lento, no pasa nada".
-Era
un laboratorio...
-En
cierto modo sí.
-Un
laboratorio de ideas.
-De
ideas y de apreciaciones. Y de "hinchismo".
-¿Qué
quiere decir eso?
-Quiere
decir que a veces en el cine ocurre como en el
fútbol con Peñarol y Nacional. Hay gente que es
fanática del cine llamado "donde pasan cosas", que
puede ser muy bueno, bueno, o mediocre. Pero que
gusta: cine policial, cine de acción... donde puede
haber incluso grandes películas. De acción hay
maravillosas películas de John Ford que no son sólo
de acción, porque además de la acción están el
hombre y sus conflictos, sus problemas y sus sueños.
-Como
este diálogo pretende saber quién sos,...
-Ni yo
sé quién soy.....
-El
tiempo siguió a eso de los años 60 y tú continuaste
dando vueltas también en el mundo. Porque el Uruguay
cumplió ese ciclo de los años 60, que se acerca al
73, donde hay esa inflexión gigantesca de la
historia uruguaya con la dictadura. Pero tú seguiste
trabajando en esos años 60, 70, en el periodismo de
cine.
-No.
Después del golpe no.
-Yo
te digo antes del golpe.
-Ah sí,
incluso convertido en vaca sagrada del diario. Llega
la creación del Frente Amplio, entonces el Partido
resuelve que ciertos intelectuales comunistas salgan
a exponer sus ideas -no las del Partido sino las
suyas- con notas, con libros, para dar el perfil
del Partido en el campo de la cultura, que entonces
era muy alto. Por hacerlo muy somero. Entonces me
piden a mí que escriba un libro sobre cine, a plazo
fijo, había que hacerlo en tres meses. Yo trabajo
mejor a plazo fijo, cuando estoy presionado. Mi gran
tendencia, mi maravillosa tendencia es no hacer
nada, estar panza arriba mirando las estrellas y
pensando películas que hubiera hecho. Pero vino la
propuesta de que había que hacer un libro sobre
cine. Entonces a mí se me ocurre escribir una cosa
partir de la idea siguiente. A pesar de que yo era
un tipo muy respetado, tenía problemas con
determinados juicios. Algunos bastante graves,
aunque había avanzado mucho el fenómeno cultural
dentro del Partido. Por ejemplo, cuando La
primavera de Praga surgen una serie de películas
checas muy críticas sobre el sistema. Había una de
ellas que yo consideraba una excelente película que
se llamaba "Trenes rigurosamente vigilados". Era una
historia de amor muy bien inserta en una historia de
lucha contra los nazis. Preciosa película, que me
creó a mí graves problemas.
-¿Dentro del Partido o fuera del Partido?
-Dentro
del Partido. Sobre todo producto del rechazo de la
juventud...Tú me preguntabas si había seguido el
proceso de mi formación. Ocurría como en ese caso
de "Trenes rigurosamente vigilados", que había una
especie de cortocircuito entre lo que yo escribía y
el público al que estaba destinado, que era
esencialmente gente del Partido. No era sólo el caso
de esa película. Había gente que me decía: "Pero
che, le diste tres asteriscos a esa porquería". La
historia de los asteriscos: para facilitar y hacer
somero hasta el extremo un juicio, yo ponía
asteriscos a las películas.
-Hasta hoy pasa eso.
-Sí, es
una manera de orientar al público que no tiene
tiempo o ganas de leer una crítica. Si tiene tres
asteriscos quiere decir que es buena.
Ese tipo
de problemas me llevó a escribir un libro que
analizara los problemas que había entre el cine, la
crítica y el espectador, que así se llama el libro.
El problema de los asteriscos fue lo que motivó.
Hice un análisis en el libro desde cómo se apodera
Hollywood del mercado mundial aprovechando las dos
guerras mundiales. Cómo se traduce en cine, qué
corrientes distintas hubo y qué pasa con el público
respecto de eso. Entonces escribí "Cine, crítica,
espectador" y cumplí con los dos objetivos: escribir
sobre cine y además cumplir con el Partido que me
había pedido un libro para exponer ante la gente.
-¿Y
educaste a los espectadores?
-Yo
pienso que a pesar de mí, sí, porque una de las
cosas que más me ha sorprendido a partir de la
recuperación de la democracia, es que hay gente que
me habla de mi libro, que ya está viejo.
-Pero
hay allí algunos conceptos que siguen siendo
válidos.
-Sí, yo
pienso que sí, pero...
-Incluso esa división que hacés entre cine, crítica
y espectador.
-No,
porque aproveché para justificarme, para determinar
por qué desde un punto de vista progresista uno
puede considerar con valores y defectos
determinados, una obra que no es progresista, puede
ser decadente y antiprogresista pero puede tener
valores como creación cinematográfica.
-Pero
tú me habías dicho que en tu juventud, en tus 20
años, eras un librepensador. A esa altura te habías
ya definido por el Partido Comunista.
-Sí, sí,
fue un largo proceso, pero absolutamente consciente,
con todos los defectos que ello implica. Aunque
siempre intenté darle el matiz anárquico a mi
concepción.
-¿Es
el matiz o era la búsqueda de tu libertad para
pensar, o para pensar con cabeza propia?
-Ese es
un tema muy complicado. Porque a pesar de todos los
problemas que tuve nunca me sentí limitado
intelectualmente. Todos los errores que yo pueda
haber cometido siguiendo una línea política son
míos, no son impuestos por los otros. Es un poco
difícil esto: yo nunca dejé de sentirme muy cómodo
en el Partido. Muy pero muy cómodo, con la batalla
personal indiscutible que cualquier ser humano
tiene en un colectivo en el que actúe.
-Con
esta respuesta, en parte estás contestando una
interrogante que hay a nivel general hoy sobre
crisis en las ideas comunistas, de las ideas
marxistas. ¿Por qué tantos intelectuales en el mundo
fueron en los años 50, 60 y 70 miembros de Partidos
Comunistas.
-Y,
porque era una esperanza con visos de posibilidad de
concretarse. Las ideas de justicia social.
-Pero
además porque no se sintieron limitados como dices
tú.
-No sé,
no puedo contestar por otros. Hay concretamente
libros de experiencias personales que dicen todo lo
contrario, por todos lados. Pero yo personalmente no
tuve eso: las limitaciones los controles, la
rigidez, el sectarismo, es mío, no es del Partido.
Incluso en un lugar tan ríspido como era el diario.
-Tú
veías que había debate. Decías que había una
personalidad en el Partido que abría...¿Quién era,
Rodnet Arismendi?
-Sí,
Arismendi abrió todos esos elementos. Yo creo que el
único defecto de Arismendi real, y muy importante,
es haber sido consecuente con la Unión Soviética. El
no haber llegado a un grado mayor de crítica real a
esa experiencia que estaba totalmente deformada.
Pero a los efectos del Uruguay al desarrollo social,
ideológico e incluso artístico uruguayo, abre,
genera debates y generaciones. Es sumamente
importante.
-Hay
algunos análisis que lo vinculan a una especie de
pensador con ideas propias.
-Yo
estoy absolutamente convencido de que es así, a los
efectos uruguayos.
-
¿Cómo fue el debate de la década del 60 en la
izquierda y con la derechas? La vida siguió y tú
continuaste vinculado a tus ideas. Y sobrevino el
golpe de Estado. ¿Te persiguieron?
-No. A
mí me llevaron preso cuando allanaron El Popular el
9 de julio de 1973.
-Cuando la movilización por 18 de Julio...
-Sí, sí.
A las cinco de la tarde.
-¿Llevan preso a todos los que estaban en el local
del diario?
-No,
sólo a una parte, aunque numerosa. Estuve preso 15
días.
-¿Te
maltrataron?
-Al
principio sí, en la intervención a El Popular. Yo
siempre tuve la idea de que a nosotros nos iban a
hacer pagar lo que habíamos hecho. Eso lo supe o lo
intuí.
-Tú
me estás hablando entonces del Partido como tal, y
su gente.
-Sí, sí.
Lo intuí en los años 60. En esos años yo vivía en
una pieza que nadie sabía. Yo daba la dirección de
mi madre y yo vivía en la Ciudad Vieja, en una pieza
horrorosa pero pensaba "va a venir una ilegalidad y
nos van a dar por la cabeza". Estaba absolutamente
convencido.
-¿Pero era cierta paranoia o tenía asidero?
-No...
Puede ser que yo sea paranoico, no está descartado.
-No
eras el único que tomaba esas previsiones.
-No sé.
Yo tomaba esas previsiones porque era lo que
sospechaba. Se cumplió. Yo intervine en la parte
clandestina del Partido, en Carta semanal. Entonces
viene la caída de Carta Semanal. Me secuestraron la
segunda vez cuando cerraron Artkino Picture la
distribuidora del sello soviético donde yo trabajaba
cuando cerraron El Popular. Y venía cayendo gente.
De ahí me llevaron vendado a un garaje donde había
50 o 60 personas. No me pasó nada, a pesar de que me
descubrieron con los ojitos mirando. A los dos o
tres minutos me llaman. Yo me dije "ahora viene la
fuerte". Pero no, me dijeron que me dejaban libre.
Me puse a pensar ¿qué cosa rara, no? Y después me di
cuenta de lo que pasó. Probablemente a mí me
protegió una persona que yo no trataba pero era
primo mío, en ese entonces Comandante de la Armada,
Víctor González Ibargoyen. Yo supongo que debe haber
intervenido diciendo "a éste no me lo tocan". Porque
curiosamente, esa persona que nunca había tratado,
fue a visitar, pocos días después de ser
secuestrado, a mi madre. Entonces uniendo, como
quien lee novelas policiales....
-Y
decidiste irte.
-Decidí
irme, por mi cuenta, sin autorización.
-Pero
allí te vinculaste a la gente del Partido.
-No, me
fui a España y me vincularon. Alguien se enteró de
que yo estaba en España y me pusieron en contacto
con Enrique Rodríguez que era el responsable en el
exterior.
-¿Tú
habías tenido alguna estadía en el exterior?
-En el
68 viajé. Una especie de premio que me dio el
Partido por toda mi actividad.
-Bueno, pero te fuiste a España. ¿Y allí empezaste a
trabajar como periodista?
-Allí
cometí un error garrafal por no estar enterado. Yo
me fui en junio y no sabía que en julio y agosto, lo
que se llama en Italia el ferragosto, todo el mundo
se va a la playa y no queda nada. En Madrid no
quedaba nadie. Entonces yo fui con recomendación
para trabajar en una empresa de periodismo. El
trabajo consistía en rearmar notas de otro y armar
una nueva nota: refritos. Yo hacía refritos sobre
los más diversos temas: quién inventó el helado, qué
pasa con Brigitte Bardot. Eran notas de revistas
italianas y francesas y yo armaba una nota X.
-Ahora eso se llama también "informe"...
-Sí,
ahora sí pero es un refrito... Yo no sabía que la
gente se iba a la playa y cuando fui a cobrar lo que
había trabajado no estaba el dueño, se había ido de
vacaciones. Me pasé cinco días sin comer y -esto era
España en 1976. Arbondo, un uruguayo que ya había
emigrado, artista plástico, pintor, me había
relacionado con una imprenta para hacer corrección
de textos. ¡Yo me di un susto! Porque cuando me
recibió el dueño, atrás de él había un retrato de
tamaño natural de Adolfo Hitler y una bandera nazi
en el escritorio. Yo dije ¡adónde vine a parar! Sin
embargo, me dijo: "si usted trabaja bien, conmigo no
tiene ningún problema". Y estoy seguro que sabía
quién era, no precisamente...
-Pero
que eras un emigrado...
-Y en
esa época seguramente político. Y me salvó. Porque
esa imprenta pagaba a los fines de semana y cuando
vino el empresario de periodismo seguí con él
también. Entonces yo hice periodismo de diverso tipo
y correcciones. Hasta que me llama desde Barcelona
alguien que me conocía y me dice "sabemos que está
usted aquí en Madrid, le pedimos que se ponga en
contacto con Enrique Rodríguez que está en Praga".
Ahí empecé a armar mi actividad en el exterior. Al
pasar el tiempo me eligieron responsable del Partido
en Madrid.
-Dirigente comunista uruguayo en el exterior.
-Sí, sí.
-Eran
tareas de coordinación...
-De
coordinación pero sobre todo de solidaridad. Buscar
por todos los medios posibles la solidaridad con los
presos políticos uruguayos, o con los partidos. Ahí
estuve 4 años en eso.
-¿Conociste España en sus entrañas?
-No,
conocí superficialmente España. Había una especie de
austera disciplina, dada la situación del país.
Entonces yo evitaba hacer lo que no había que hacer.
Fue una disciplina que yo adquirí naturalmente, no
impuesta. Impuesta por mí, porque soy haragán.
-¿Y
cómo era la España de esos días?
-Muy
movida. Era la época de las "movidas" famosas.
-Estaban saliendo del franquismo.
-Estaban
saliendo del franquismo con notas fuertes del
pasado. Las manifestaciones de Blas Pinar, por
ejemplo, que los 20 de octubre se apoderaba del
centro de Madrid.
-Pero
a nivel periodístico también había un resurgimiento.
-Sí, sí.
Había una cosa muy movida y cambiante, con cierta
dureza. Todo parecía que había que volver a salir
corriendo de España cuando el intento de golpe de
Tejero, que asalta el Parlamento.
-Pero
te sentiste cómodo allí.
-Sí, la
lengua era la misma, la cultura era cercana. De
repente no tenía muchas posibilidades de conocer la
cultura española, porque en ese momento dejé de ver
cine, por ejemplo. No había posibilidades sobre todo
económicas.
-¿Lo
sentías como una necesidad?
-Sí, más
aún, yo conseguí un puestito en una empresa de
producción de cortometrajes que estaba preparando un
largometraje. Se me abrieron las posibilidades de
empezar a producir películas. Pero era eso o el
Partido. Yo elegí el Partido. Incluso el director de
esa empresa de cine era ultraizquierdista y me
ofrecía las posibilidades de hacer por lo menos un
corto en 35 mm que era el sueño de muchos. Pero no.
Había un problema ético ahí importante. Elegí el
Partido. Elegí "la madre", como dicen los opositores
o como dicen los contras.
-Pero
no te quedaste en Madrid definitivamente.
-No,
porque por un lado yo era un tipo, como dirigente
político, lo que entonces se consideraba "muy
blando". Nunca me gustó el poder, siempre tuve un
cierto rechazo. No era que fuera malo como
dirigente. Imaginate que en medio de la polémica de
qué presos eran más importantes, si los tupamaros o
los comunistas, yo decía que todos eran lo mismo.
Era una monstruosidad en aquella época, cómo ibas a
decir eso, cómo iban a ser iguales los tupamaros que
los presos nuestros. Entonces Arismendi, que era un
tipo muy inteligente y muy sagaz, y además como yo
estaba entregado totalmente al Partido, no
resolviendo mi subsistencia o resolviéndola muy mal,
decidió llevarme a Moscú para hacerme cargo de la
revista Estudios -para colaborar, vamos a
entendernos- en la revista Estudios que se sacaba en
el exterior. Estuve tres años y medio en Moscú.
-Trabajabas
junto a Arismendi.
-Era una
especie de “hácelotodo”. Yo me caractericé en el
periodismo del Partido como un “hácelotodo”.
-Quiero decir, tuviste oportunidad de estar más
cerca de su personalidad.
-Ah, sí.
Sobre todo cuando empezó a crecer la solidaridad en
España y la presencia del FA a través del Dr. Hugo
Villar que era uno de los centros en el mundo de la
actividad del Frente Amplio, él venía cada tanto a
Madrid. Y entonces recuerdo algunas visitas en las
cuales íbamos juntos al Museo del Prado, porque
Arismendi tenía una gran cultura y conocimiento del
arte. Visitábamos Goya, las Meninas de Velázquez;
veíamos películas como "Pierrot el loco", de Godard
que era en mis tiempos, acá en Montevideo, palabra
maldita.
LA
ONDA®
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